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sábado, 29 de enero de 2011

Enero

Suele ser maravilloso encontrarse con las mismas intensiones y sentirse dueña de las emociones que nos lleven al precipicio que suele ser el principio. Pero he de negociar contigo mi derrota, no hacerte tan placentera mi confesión, no quiero que te traces una vía que solidifique esa soberbia que se te asoma por los dientes.

No quiero comentarios sarcásticos referentes a todo lo que debí de pasar para meditar, en lo tonto que suena mi voz con cada regaño, en los abrazos que me guarde para momentos lejanos. En cada sol que desperdicié siendo una conspiradora en mi contra.

Me derrumba el olvidarme de quien era a expensas de este día, quien logró hacer pequeña la barda que tan bien había tapiado, quién supo dejar de un lado la careta de suficiencia que tanto imponía. Quien descifro mi acertijo. Quien me dejo al principio de las teorías y refuto cada hipótesis.

Entonces desenvuelvo con guantes blancos esa personalidad que estaba marchita, revivo en el fondo de una fórmula para darle paso a la noticia que tanta gracia te causa. Dudo una vez, dos o puede ser que tres, pero algo está claro en mi mente y es que no miento en esa ocasión no estoy siendo imprudente.

Podré sentirme ofendida o manipulada ante este hecho pero si de algo estás a salvo conmigo es de que no vacilo cuando de confesiones hablo, no hay en ellas sorna ni manipulaciones. Sólo depende de mis palabras para hacerte llegar mi entera rendición.

No hay nada más intimidante que revelarme ante esa mirada tuya llena de expectativas, de sinceridad desbordada. Encontrarme frente a ti, no salvaguarda mi fortaleza, saber que dirás las palabras correctos ante mis frases no hace que mis latidos bajen su ritmo.

Repaso el contorno de tu mandíbula, la pequeña marca al lado de ese hoyito que se hace al sonreír, hace prominente tu sentido del humor. Esa forma tan curiosa que tienes para mirar bajo cuando estás poniéndome atención. Frunces el ceño para indicar tu espera.

Y yo que no hago más torturarnos. Quisiera borrarte esa seguridad que muestras al tomarme la mano y repasar lentamente mis dedos, es como si jugaras al ciego y me reconocieras cada línea, como si quisieras hacer suspirar cada uno de mis poros.

Pero es parte de lo que hace que no pueda hablar, que me sea tan complicado si quiera respirar. Me apremias rozándome la mejilla, urgido de mis palabras. No hay más miedo, porque no cabe ningún otro sentimiento aquí tan dentro, tan expansible, todo este tiempo lo he sentido, pero hoy lo digo como un hecho consumado. Te amo.