Hace una semana me sentía muy estresada. Normalmente suelo tener muy revolucionada esta cabecilla; el trabajo, los amigos, amores pasados, presentes y la tarea. Demasiadas cosas que ser y muy poco de mí quería hacerse "responsable".
Llevaba muchos días en la rutina: pararme a las 5:30 a.m., ir al trabajo, pasar 10hr. (o más) dentro de la oficina, reír, estar con mis amigas, tratar de tener una relación un poco estable, tratar de seguir con los amigos de la vida, regresar a casa, despejar la mente, escribir e intentar dormir.
Después de 6 días de vacaciones, mi equilibrio vuelve a abrazarme, mi mirada recobra brillo y yo dejo de ver el sonreír como un agregado a la ecuación. Para lograr mi mejoría, lo acepto, tuve que alejarme de todo (tú y muchos más tenían razón). Necesitaba un tiempo conmigo, sentirme de nuevo la piel, dejar de pensar en tantas personas y cosas.
Descubrir que aún dejándolo, el mundo sigue girando, amigos, amores y trabajo no necesitan de mi entera participación, no hay que entregar tanto, cada destino no depende de mi.
Entendí lo complicado que me resulta soltarme del deber y lo fácil que resulta cargarme de proyectos, aunque estos no dependan sólo de mi.
Así que recordé la técnica de mi terapeuta, la cual es práctica, buena y relajante:
- Cerrar los ojos (funciona mejor así, pero puedes abrirlos),
- Subir la punta de la lengua al paladar,
- Inhalar por la nariz y contraer el estomago (la panza decía ella),
- Exhalar por la nariz y expandir el estomago.
Lección aprendida. Cuestión de bajar ambos pies, hacer tierra y seguir mi consejo: RESPIRAR.
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