Son las 3:00 p.m. la mayoría en la oficina sabe que debemos ir a comer. Se forman los grupos, propuestas de comida y yo pienso en las opciones. Si me derrumbo en la rutina iré a la cocina del edificio, es pequeña y con momentos de plena gloria silenciosa. Podría decidirme por compartir el pan con el equipo de trabajo. Hoy me decido por la compañía tumultuosa.
Llegamos a la fonda de siempre, algo me hace sentir como en mi escritorio. Será el estar rodeada de las mismas personas. Veo el menú oigo las risas y pienso en esta decisión. Tal vez debí ir a esa cocina con mi amiga y compañera de trabajo Rufina leeríamos el mismo guión. Criticaremos temas tan 'diversos': el trabajo, los chismes y las personas a nuestro alrededor y las paredes azules volverán a sentirse tan fastidiadas de escucharnos como nosotras.
Las comidas corridas son un desperdicio de opciones todos creen que es más rápido el servicio, barato e ideal para los trabajadores; para mí sólo aplica si vas solo. Después de hacer el numerito de si agua de horchata o de sandía. Nos llega el silencio tan descomunal. Una tontería para alguien que no sabe estar callado. El jefe mira orgulloso a su equipo y dice: "Ahora sí, toda la administración junta como debe de ser". Sonrisas tontas de todos, somos cómplices de pensamientos adustos.
Con la llegada de la comida inician los temas como rondas infantil pegadizas y monótonas. No nos ayuda compartir el mismo espacio en el trabajo nos embarcamos en el juego de la crítica no constructiva, de las relaciones entre el personal, los secretos compartidos, martirizar a la secretaria con su ingenuidad aprendida. Le damos vuelta a los comentarios y todos ponemos una carta. Pagamos por ver y seguimos apostando al juego sucio. Cuando ya no quedan combinaciones. Nos sorteamos temas del trabajo de cada uno. ¡Lotería! Caemos en el mismo abismo.
Tenemos la creencia que esos temas nos aligeran la comida, que la vida laboral se elimina sola al hablar de ella. No es cierto. Si algo he aprendido de esas comidas es que lo que pase en esa hora no lo llevamos a la oficina. Creamos falsas opiniones de cada persona, de las labores que se desempeña, siempre hay mala intención. Se deja muy por debajo al compañerísmo y nos hacemos los ciegos cuando el tema afecto más de la cuenta. Los sordos cuando el trabajo en equipo no funciona y no lo tomamos por el lado personal.
Terminamos molestos, incómodos ante las burlas. Se pone en duda la calidad de la persona por cuestiones laborales. Y la familia de 10 horas diarias, se derrumba; hay discusiones y todo lo dicho en una hora se queda en la mente por mucho tiempo: Los más seguro es que cuando haya problemas técnicos, un argumento válido será que se fue el jueves temprano con la jefa de área, por eso no salen las cosas, no sabe trabajar.
Podría quedarme callada y dejar que hablen o intervenir, tal vez darle giros positivos a tanto negativismo. Desistir y hacerme cada vez más amiga del silencio. La hora de la comida debería, para dejar de ser tan de funcionarios públicos y ser más seres humanos, mucho más compañeros, conocernos tal cual sin hacer presente nuestra firma o el cargo olvidarnos del grado.
Compartimos de todo un poco y hora de comida podría mejorar relaciones laborales sin ser el medio para discutirlas, no hay que complicar nuestro trabajo al ser desdeñosos con cada detalle que pueda prestarse al juego.
Hablar de trabajo en el trabajo es totalmente normal, es práctico ya que a eso nos dedicamos a colaborar en ese tiempo. Comer agregándole nuestros malestares de profesión es echarle demasiado condimento. Regresar con mucha sal en la herida y en momentos de tensión ni las gotas de limón ayudan a cicatrizar. Algún día querremos historias más dulces.
Aunque siempre prefiera el infierno por la compañía. Comer sola por ahora me sienta bien.
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