Siempre me ha gustado el olor a tierra mojada. De niña era realmente placentero esperarlo en primavera, no sólo las flores se renovaban también mi ánimo. Lo embotellaba cada verano para no tener que esperar tantos meses. Solía imaginarme días eternos con ese olor.
Eran finales del otoño, el aire frío se me colaba muy dentro. No habían pasado ni dos semanas desde la muerte de mi prometido. Lo habían asaltado y al azotarlo contra el pavimento, le rompieron el cráneo.
Trabajaba por las noches y hasta muy entrada la madrugada en un restaurante bar. Sin duda la muerte se revuelca con el Sr. Ironía; murió en su día de descanso, había ido a comprarme un libro. Tan sólo era la una de la tarde. El asaltante escapó y mi me avisaron en el trabajo y todo se borró después de eso.
Cuando se pierde a un ser tan importante a uno se le funden las ganas de ver la vida en todo su contexto, se le quita la brillantez al rosa que le rodeaba y todo crece con especial amargura. La tristeza viene después, esa no pide permiso se le aloja a uno en la consciencia, adormece el instinto y carcome ideales.
Eso me paso por la mente siete días seguidos. Al funeral asistieron unos cuantos de nuestros vecinos, un par de sus compañeros y uno que otro amigo suyo; todos se retiraron pronto, demasiado dolor nos embargaba, las palabras no consolaban a nadie, me pregunté si alguna vez lo hacían. Me fui a casa como pude, no lo recuerdo. Hice la limpieza, me quite el negro que era su color favorito y mío desde ese día.
Me senté en la cama y un bichito se me metió tan dentro que lo deje ponerse cómodo, que me dominara a falta de a quien cuidar le daría lo necesario para sobrevivir. No comí, no fui a trabajar, no hable y respire sólo lo necesario. Dormí tanto tiempo que aún ahora me duelen las piernas y la espalda.
Desperté alarmada, había soñado que el bichito dentro de mí se había muerto, fue tan tangible como sentir los brazos de él entorno a mi cintura. Ahora si ya nada en mí tenía vida y con ello empezó el pánico. No había bichito, ya no sentía nada y él seguiría en centrifugado. Estaba totalmente sola. Mire a mi alrededor y encontré Ricardo, mi prometido, mirándome desde su esquina favorita. No entendía su expresión, no sabía cómo es que le estaba mirando.
Me levante por inercia, me molestaba no entenderle porque entonces cómo podría ayudarlo. Yo le había prometido siempre hallar el modo, si me necesitaba, porque de eso estoy hecha, eso me había dejado de herencia mi madre en su último abrazo.
Di pasos lentos, sopesando mi peso sobre las piernas, dolían. Llegue hasta él. Esa mirada tan llena de nada, preciosa sólo por pertenecerle. Soberbio en ese traje negro, tan muerto como lo recordaba, tan mío como esperaba, mi corazón bombeaba de nuevo y aún en la debilidad levante una mano para acariciarle. Había electricidad en ese roce.
Tomó mi mano, le giro abrió mi palma y con esmero recorrió con besos la línea de la vida hasta llegar a mi pulso, donde detuvo sus labios y me observó. Yo le miraba callada con la respiración débil. Tocó mi anillo de compromiso, sonrisa de medio lado y una voz lejana salió de él –"Mátame o déjame vivir para siempre a tu lado"- Las mismas palabras que uso cuando nos comprometimos.
-'Te contesté que para siempre a mi lado'- Apenas si se oía mi voz, Ricardo asintió –'Aquí estoy para cumplir'- dijo sin más. Nunca había sido tan cautivador, tan arrebatador, tan peligroso. Me preguntaba si ese toque te lo daba la muerte. Lo abracé, le besé, lo apreté más y lo adoré porque su cabello olía a lluvia y su piel a tierra mojada.
Después de la sesión de arrebató me sentó y dijo que me haría algo de comer. Comí despacio, poco y él me animaba a más, siempre lo conseguía todo de mí. Observaba cada vez que tragaba, como bebía, cuando me vio terminar el plato dejo un paquete con un moñito coqueto. Un regalo para mí, que considerado. Lo abrí con ansía, era el libro que me había comprado ese día no me lo entregaron pensé que también se lo habían robado.
Las lágrimas me salían sin remedio y él me consolaba como tantas veces. No dijo nada sólo se quedo a mi lado, besaba mi cabello y acariciaba mi espalda. Después de un rato; me tomó del rostro, sus labios se instalaron en mi oreja y dijo suavemente –'Aquí me voy a quedar para siempre, no sé romper mis promesas, no sé cómo se deja de amar. Seré tan real como lo desees. Sé que un día me dejarás de cuidar de mí y entonces yo habré muerto'.
Regresé al trabajo y a la rutina. Todos me aprecian demasiado para preguntar por Ricardo, como para darme abrazos compasivos, organizarme salidas para despejarme. Hasta para ellos todo era demasiado reciente. Cada día me veía mejor, era productiva, un poco más callada y siempre anhelante por aprender.
Camino a casa observaba detenidamente las nubes, bailaba con el aire helado del invierno, me gustaba sentir lo suave de mi abrigo al meter las manos a los bolsillos y el sabor de mi protector labial un poco de coco otro mucho de glicerina. Ver los puestos navideños en las calles y letreros con ponche y recetas de romeritos. La vida en general mejoraba cuando abrías los ojos a ella.
Llegaba a casa, sintiendo el calor desde dentro jugando con la brisa de la calle. Me enfundaba calcetas gruesas, mis pantuflas. Un poco de música, acomodada en mi sillón quitaba el separador y esperaba el momento en que la esencia a lluvia me rodeará con sus brazos fuertes y me dejara besar sus manos sin pulso para que poco a poco me mi paladar saboreará la tierra mojada.
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